¿Y si hacemos menos cosas? | Comprando América
Por Diego Alcalá · 2026-07-27
Hacer más no siempre es avanzar. Propongo reducir frentes, entender mejor nuestras inversiones y concentrar el esfuerzo donde sí importa.
Por Diego Alcalá
Existe un sesgo mental que casi nadie sabe que tiene. Cuando enfrentamos un problema, nuestra cabeza busca la salida por la vía de agregar: una inversión más, un proyecto más, otra fuente de ingreso, otro curso. Rara vez se nos ocurre que la mejor respuesta podría ser quitar.
El investigador Leidy Klotz demostró con experimentos simples que, ante una estructura imperfecta, la mayoría de las personas prefiere añadir piezas antes que retirarlas, aun cuando quitar es más barato y más eficiente. La suma se siente como progreso; la resta, como renuncia. Y sostengo que, en el dinero, esa preferencia por sumar nos sale carísima.
Vivimos rodeados de incentivos para hacer más: más activos, más diversificación, más “oportunidades”, más ingresos pasivos prometidos en cada video de tres minutos. Pero hacer más no es lo mismo que avanzar más. A veces es exactamente lo contrario.
El portafolio que no puedes explicar
Empecemos por lo evidente. Si abres tu portafolio y encuentras instrumentos que no sabrías explicarle a alguien en treinta segundos —qué son, por qué los tienes, qué los hace subir o bajar—, no tienes un portafolio diversificado: tienes una colección de cosas. Y una colección de cosas no es una estrategia.
Ya he escrito antes sobre por qué concentrarse tiene sentido cuando el resultado depende de tu trabajo y por qué diversificar es prudente cuando tu capital trabaja sin ti. Pero hay un punto previo a esa discusión: el límite no debería ser cuántos activos puedes comprar, sino cuántos puedes entender de verdad.
Comprender es caro. Cuesta tiempo, atención y honestidad intelectual. Por eso la mayoría prefiere comprar más en lugar de entender mejor: comprar es instantáneo y entender es lento.
La productividad no es llenar el calendario
El mismo error contamina cómo trabajamos. Confundimos estar ocupados con ser productivos. Llenamos la agenda de juntas, pendientes y frentes abiertos, y al final del día sentimos que hicimos mucho, aunque no movimos nada importante.
“No hay nada tan inútil como hacer con eficiencia algo que no debería hacerse en absoluto.”
La productividad empresarial real no consiste en agregar actividad, sino en eliminar el ruido. Como plantea Cal Newport, consiste en decidir qué se deja de hacer. Esa es la parte incómoda, porque eliminar implica admitir que algo en lo que invertimos tiempo no valía la pena.
El ego se resiste. Pero un negocio que no sabe qué dejar de hacer termina ejecutando muchas cosas a medias en lugar de pocas cosas excelentes.
El costo oculto de abrir demasiados frentes
Cada frente que abres —un negocio nuevo, una inversión más, una deuda adicional, un proyecto paralelo, un compromiso social— tiene un costo que no es monetario: consume atención. Y la atención, no el dinero, es nuestro recurso verdaderamente escaso.
Séneca, hace dos mil años, escribió: “En ninguna parte está quien está en todas partes”. El que persigue diez objetivos no avanza en diez direcciones; se queda inmóvil mientras se agota.
He observado el mismo patrón una y otra vez: personas con talento que no fracasan por falta de ideas, sino por exceso de ellas. Abrieron tantos frentes que ninguno recibió la atención suficiente para prosperar.
Pocas apuestas, mejor ejecutadas
¿Cuál es la alternativa? La excelencia como estrategia patrimonial. No se trata de tener cientos de movimientos, sino de elegir pocos y ejecutarlos extraordinariamente bien.
“La esencia de la estrategia es elegir qué no hacer.”
Decir que sí a todo equivale a no tener estrategia alguna.
Lo mismo aplica a tu patrimonio. Una persona que entiende a fondo tres inversiones y las sostiene suele superar, en el largo plazo, a la que salta entre veinte modas sin dominar ninguna. No porque tenga más información, sino porque tiene más claridad.
Greg McKeown, en su trabajo sobre esencialismo, lo plantea como “la búsqueda disciplinada de menos”. Disciplinada: esa es la palabra. Quitar no es equivalente a ser flojo; quitar bien exige más criterio que sumar cosas a nuestro plato.
Crecimiento real contra acumulación de actividad
No todo lo que se mueve crece. Hay quien confunde actividad con progreso porque ambas cansan igual. Pero acumular actividad —más reuniones, más activos, más proyectos, más deuda para financiar más cosas— puede dar la sensación de avance mientras el patrimonio real se queda estancado o, peor, se erosiona.
El crecimiento real es silencioso y aburrido. Es una posición o una inversión bien entendida que compone durante años. Es un negocio que hace una cosa de forma excelente y la repite. Es la deuda que no tomaste y la inversión que no entendías y por eso evitaste.
La acumulación de actividad, en cambio, es ruidosa y adictiva, porque cada nuevo frente te da una pequeña dosis de la ilusión de que estás haciendo algo.
Antoine de Saint-Exupéry escribió que la perfección no se alcanza cuando ya no hay nada que añadir, sino cuando ya no queda nada que quitar. Sospecho que con el dinero pasa igual. La madurez financiera no llega el día en que logras tener de todo, sino el día en que entiendes lo poco que de verdad necesitas tener.
Hacer menos no es hacer menos esfuerzo. Es concentrar el esfuerzo donde sí importa y tener el valor de soltar lo demás.
Y tú, ¿cuántas de las cosas que tienes hoy —en tu portafolio, en tu negocio, en tu vida— conservas porque las entiendes, y cuántas solo porque te dio miedo quedarte sin ellas?
Foto: Roman Bozhko, vía Wikimedia Commons (CC0).
Este contenido es educativo y no constituye asesoría financiera o de inversión. Toda decisión debe evaluarse según tus objetivos, circunstancias y tolerancia al riesgo.