Si ganas más, decides peor | Comprando América
Por Equipo Comprando América · 2026-08-17
Ganar también deteriora el juicio: el efecto ganador, el sesgo de auto-atribución, la racha que se vuelve identidad y el dinero de la casa.
Por Diego Alcalá
El momento más peligroso para un inversionista no es cuando pierde. Es cuando gana. Suena absurdo, lo sé, pero he llegado a convencerme de que la mayoría de las grandes destrucciones de patrimonio no empiezan con una mala racha, sino con una buena. La pérdida nos vuelve cautelosos; la ganancia nos vuelve arrogantes. Y la arrogancia, en finanzas, se paga.
La pregunta que da título a este texto no es retórica. ¿Es posible que ganar más dinero nos haga, literalmente, decidir peor? La evidencia, tanto psicológica como biológica, sugiere que sí.
El “efecto ganador” no es solo mental, es químico
John Coates, neurocientífico y ex operador de Wall Street, estudió qué le pasa al cuerpo de un trader cuando entra en una racha ganadora. Descubrió que las victorias elevan los niveles de testosterona, y esa testosterona, acumulada racha tras racha, empuja a tomar riesgos cada vez mayores. Lo llamó “el efecto ganador”. El éxito no solo te hace sentir invencible; químicamente te prepara para apostar más.
Esto cambia cómo entiendo el exceso de confianza. No es solo un defecto de carácter ni una falla moral. Es, en parte, una respuesta fisiológica al éxito. Ganar nos droga. Y como toda droga, distorsiona el juicio justo cuando creemos tenerlo más afilado.
Cuando confundimos suerte con habilidad
Sobre esa base química se construye un error mental aún más costoso, que es atribuirnos todo el crédito de lo que salió bien. Los psicólogos lo llaman sesgo de auto-atribución. Cuando una inversión funciona, fue por mi análisis, mi visión, mi olfato. Cuando falla, fue el mercado, la mala suerte, un evento imprevisto. Nunca yo.
El problema es que esta contabilidad mental está amañada, solo registra los aciertos como mérito propio. Así, después de tres o cuatro inversiones afortunadas, una persona puede terminar creyendo que tiene una habilidad que en realidad nunca demostró, porque jamás separó cuánto de su resultado fue talento y cuánto fue simplemente un mercado que subía y levantaba todos los barcos por igual. En un mercado alcista, casi todos parecen genios. El problema es que casi nadie lo sabe.
La racha que se vuelve identidad
Una cosa es creer que eres bueno. Otra, mucho más grave, es que ganar se convierta en quién eres.
Jim Paul, un operador que perdió más de un millón de dólares y luego escribió un libro sobre ello, identificó exactamente este punto como el origen de su ruina. Mientras ganaba, fue internalizando cada victoria como una confirmación de su valía personal. El dinero dejó de ser un resultado y se convirtió en un espejo de su identidad. ¿La consecuencia? Cuando el mercado finalmente se volteó, no podía aceptar la pérdida, porque aceptarla equivalía a admitir que él, como persona, estaba equivocado. Se aferró a una posición perdedora no por análisis, sino por ego. Y se hundió con ella.
Cuando una racha se vuelve identidad, perder deja de ser un dato y se convierte en una herida. Y nadie toma buenas decisiones desde una herida.
El dinero de la casa y la trampa de la invencibilidad
Todo esto desemboca en la conducta más contraintuitiva de todas. Tomar más riesgo justo después de ganar, que es exactamente cuando deberíamos tomar menos. Richard Thaler lo documentó con lo que llamó “el efecto del dinero de la casa”. Cuando la gente gana, empieza a tratar esas ganancias como si no fueran del todo suyas —como las fichas que el casino te “regaló”— y por lo tanto las arriesga con una ligereza que jamás aplicaría a su capital original.
Es un autoengaño peligroso. Un peso ganado vale exactamente lo mismo que un peso ahorrado con esfuerzo. Pero el cerebro no los trata igual. Después de una buena racha, bajamos la guardia, subimos el tamaño de las apuestas y empezamos a confundir nuestra suerte reciente con una licencia para arriesgar más. Así es como muchas buenas inversiones se convierten en el preludio de una mala, no porque el inversionista no supiera, sino porque ganó lo suficiente para creerse invencible.
El éxito es un pésimo maestro
La conclusión es que el éxito es un pésimo maestro. La derrota, al menos, nos obliga a revisar qué hicimos mal. La victoria nos invita a no revisar nada, porque ¿para qué cuestionar lo que está funcionando? Por eso el inversionista maduro desconfía de sus propias rachas tanto como de sus caídas. Sabe que el momento de mayor riesgo no llega cuando todo va mal, sino cuando todo va demasiado bien y empieza a creer que se lo merecía todo.
Suelo repetir que el mayor enemigo del inversionista es uno mismo. Hoy lo diría de la siguiente forma. El mayor enemigo no es el inversionista que pierde y duda, sino el que gana y deja de dudar.
Y en tu caso, ¿tus mejores decisiones de inversión llegaron después de una victoria que te infló, o después de una pérdida que te obligó a pensar?
Este contenido es informativo y educativo. No constituye asesoría de inversión, legal, fiscal ni migratoria, ni una recomendación para comprar o vender ningún activo. Los rendimientos pasados no garantizan resultados futuros. Consulta a un profesional autorizado antes de tomar decisiones con tu patrimonio.
Imagen: “Poker Chips”, de Tim Reckmann, vía Wikimedia Commons, bajo licencia CC BY 2.0.