Inversiones éticas | Comprando América
Por Equipo Comprando América · 2026-08-29
Cuando algo se pone tan de moda en el mundo financiero, mi escepticismo natural se activa. Los fondos ESG me lo activaron hace rato.
He escuchado tantas veces en los últimos años sobre “inversiones responsables”, “fondos ESG” y “capital sostenible” que ya empiezo a sospechar. Cuando algo se pone tan de moda en el mundo financiero, especialmente cuando viene acompañado de marketing agresivo y promesas de “hacer el bien mientras haces dinero”, mi escepticismo natural se activa. No porque esté en contra de la responsabilidad empresarial o ambiental, sino porque he visto demasiadas veces cómo el sistema financiero toma conceptos nobles y los convierte en productos comerciales. Nos guste o no, el capital no tiene moral.
Le estamos pidiendo al tiburón que sea vegetariano
La realidad es que estamos implementando conceptos que se contradicen. Por un lado, tenemos un sistema capitalista cuya naturaleza es la búsqueda incesante del retorno máximo. Por otro, queremos que ese mismo sistema adopte criterios éticos que, por definición, pueden limitar esos retornos. Es como pedirle a un tiburón que sea vegetariano: puede intentarlo, pero va contra su naturaleza.
“En los negocios, mira los hechos, no las palabras”. Y los hechos nos muestran que cuando el capital se enfrenta a la disyuntiva entre rentabilidad y ética, históricamente ha elegido la primera. No lo digo con cinismo, sino reconociendo la naturaleza del sistema en el que operamos.
El capital, por su propia naturaleza, es amoral. No tiene conciencia ni valores intrínsecos, simplemente busca reproducirse y crecer. Como el poder, tiende a concentrarse y a encontrar los caminos de menor resistencia para multiplicarse. Esta no es una crítica al capitalismo per se, sino una observación de su funcionamiento.
El greenwashing no es sólo de las empresas
Podemos observar cómo fondos que se promocionan como éticos terminan invirtiendo en empresas que, bajo un escrutinio más profundo, no cumplen realmente con los criterios que prometen. El famoso “greenwashing” no es solo una estrategia de marketing de las empresas individuales, sino un fenómeno que permea todo el ecosistema financiero, y también a otras industrias.
Analicemos por ejemplo algunos fondos ESG que incluyen en sus portafolios a empresas petroleras porque han implementado iniciativas de sustentabilidad, mientras siguen siendo extractoras de combustibles fósiles. Te pregunto a ti, ¿eso te hace sentido? Es como incluir a una tabacalera en un fondo de salud porque produce cigarros con filtro mejorado.
Michael Jensen, en su trabajo sobre teoría de agencia, argumentaba que no puedes maximizar múltiples objetivos simultáneamente. Cuando un fondo dice que busca tanto retornos competitivos como impacto social positivo, está prometiendo algo que matemáticamente es inconsistente en muchos casos.
Marketing sofisticado sobre el mismo índice de siempre
Seamos honestos: la mayoría de las inversiones éticas son ejercicios de marketing sofisticado. No digo que todas lo sean, pero la gran mayoría simplemente toma las mismas empresas del índice tradicional, elimina algunas de las más obviamente controversiales (tabaco, armas, etc.), y lo empaqueta como responsable.
Esta práctica me recuerda a cuando veíamos cómo los mismos gestores que promovían fondos ESG tenían inversiones directas en empresas que violaban todos los criterios éticos que públicamente defendían. La inconsistencia era evidente, pero se justificaba bajo el argumento de que diferentes vehículos tienen diferentes objetivos.
El problema es que estamos aplicando criterios subjetivos (qué es ético) a un sistema que opera con criterios objetivos (rendimiento). ¿Es más ético invertir en una empresa tecnológica que explota trabajadores en países en desarrollo pero que tiene una huella de carbono menor, o en una empresa manufacturera local que paga buenos salarios pero contamina más? Las respuestas varían según quien las dé.
Milton Friedman decía que: “La responsabilidad social de los negocios es aumentar sus ganancias”. (Espero no volver a tener que citar a Friedman jamás, además de que les prometo que nunca diré que el mercado se autorregula con una mano invisible) Aunque esta perspectiva pueda sonar dura (quizás porque lo es), nos refleja una comprensión de cómo funciona realmente el sistema capitalista, sin los adornos morales que añadimos después.
Qué cuesta de verdad invertir con tus valores
Si realmente queremos abordar la cuestión ética en las inversiones, necesitamos ser más honestos sobre las limitaciones del sistema actual y más creativos sobre las alternativas reales. Aunque ese no es el tema de hoy y ya intentaremos analizar el cómo podríamos reconstruir las clases medias.
Volviendo al tema de hoy; primero, reconozcamos que la verdadera inversión ética probablemente implica aceptar retornos menores en algunos casos. Si estás dispuesto a ganar por ejemplo 8% anual en lugar de 18% para evitar invertir en industrias que consideras dañinas, esa es una decisión ética real. Pero no te dejes convencer de que puedes hacer el bien y ganar más dinero al mismo tiempo de manera consistente.
Tres caminos más honestos que una etiqueta
Una alternativa más honesta es la inversión directa en empresas locales que conoces y cuyos valores y prácticas puedes verificar personalmente. En lugar de comprar un fondo ESG (mejor nada) que invierte en cientos de empresas que nunca podrás verificar, considera invertir en el negocio de tu vecino que trata bien a sus empleados y opera de manera responsable en tu ciudad.
También existe la opción de separar completamente las decisiones de inversión de las decisiones de ayudar a los demás. Invierte buscando el mejor retorno ajustado al riesgo que puedas obtener, y luego usa una parte de esas ganancias para apoyar directamente las causas en las que crees.
Esta separación elimina la contradicción inherente y te va a permitir ser más efectivo en ambos frentes.
Otra vía real es la inversión en activos tangibles con impacto local directo: terrenos que preserves de la especulación inmobiliaria, propiedades que rentes a precios justos, o negocios que generen empleo en tu comunidad. Estas inversiones te permiten tener control directo sobre el impacto ético de tu capital. Y ojo, todo esto lo menciono bajo el supuesto de que tienes interés real en medir el impacto real del uso de tu dinero a la hora de hacer inversiones.
La diversificación inteligente que siempre promulgaré en estos análisis también aplica aquí: si el 80% de tu portafolio busca rentabilidad pura y el 20% busca impacto ético real (asumiendo retornos menores), al menos sabes exactamente qué estás haciendo con cada peso.
El sistema no cambia porque le pongamos una etiqueta bonita
El sistema capitalista no va a cambiar su naturaleza porque compremos fondos con etiquetas bonitas. Pero podemos ser más inteligentes sobre cómo operamos dentro de él, reconociendo sus limitaciones y encontrando maneras de alinear nuestros valores con nuestras decisiones financieras.
Al final, la verdadera inversión ética requiere compromiso personal, investigación directa y, frecuentemente, la disposición a sacrificar algo de rentabilidad por consistencia moral. No es sexy, no se puede empaquetar fácilmente como producto financiero, y definitivamente no genera las comisiones que los gestores de fondos buscan. Pero es real.
Y tú, ¿estás dispuesto a pagar el precio real de invertir de acuerdo a tus valores, o prefieres la comodidad de creer que puedes tenerlo todo sin sacrificios?
Por Diego Alcalá