Buenas decisiones con malos resultados | Comprando América
Por Equipo Comprando América · 2026-11-02
Distingo entre la calidad de una decisión de inversión y su resultado, y propongo cinco preguntas para separar habilidad, azar y errores que sí puedo corregir.
Por Diego Alcalá
Imagina dos personas que toman exactamente la misma decisión de inversión, con la misma información, al mismo tiempo. Una termina ganando; la otra, perdiendo, por un factor que ninguna de las dos podía prever. Pregunta para ti… ¿Cuál de las dos decidió bien? La mayoría diría que la que ganó. ¿Tú qué pensaste?
Porque en la respuesta de la mayoría, en medio de esa respuesta automática, está uno de los errores de juicio más profundos que cometemos con el dinero y especialmente con el análisis de las inversiones que hemos hecho en el pasado.
Confundimos la calidad de una decisión con la calidad de su resultado. Son cosas distintas. Y mientras no las separemos, vamos a seguir premiando la suerte, castigando la mala fortuna y, lo peor de todo, aprendiendo lecciones equivocadas.
Decidir bien y que salga bien no son lo mismo
Toda decisión tiene dos componentes que conviene desenredar. Lo que tú controlas —el análisis, la información que reuniste, los riesgos que contemplaste— y lo que no controlas —el azar, el contexto, lo imprevisible—. El resultado es la mezcla de ambos. Por eso un buen resultado no siempre prueba una buena decisión, y un mal resultado no siempre prueba una mala.
Michael Mauboussin, que ha estudiado a fondo cómo separar la habilidad de la suerte, propone una prueba simple para saber cuánto azar hay en una actividad. Pregúntate si puedes perder a propósito. En el ajedrez puedes perder a propósito; eso muestra el peso de la habilidad. En la ruleta no puedes controlar el resultado de una apuesta. Las inversiones, casi siempre, viven incómodamente en medio. Hay habilidad real, pero el azar pesa muchísimo en el corto plazo. Eso significa que, en periodos cortos, los resultados son un pésimo indicador de la calidad de quien decide.
Lo podemos pensar como cuatro escenarios. 1) Buena decisión con buen resultado (mérito), 2) Buena decisión con mal resultado (mala suerte), 3) Mala decisión con mal resultado (lección), y el más peligroso de todos, 4) Mala decisión con buen resultado (suerte tonta). Este último es traicionero porque te enseña a repetir un error.
Ya he escrito que en los mercados, los negocios y las inversiones siempre hay un componente de suerte que se puede minimizar y calcular, pero no eliminar. De ahí se desprende la idea de que una pérdida, por sí sola, no demuestra que te equivocaste.
Puedes haber analizado bien, dimensionado el riesgo, entrado a buen precio, y aun así perder porque ocurrió algo que estaba dentro de lo posible pero fuera de lo probable. Eso no es un error de juicio; es el precio normal de jugar un juego con incertidumbre. Si nos ponemos sofistas, es incluso un reflejo de la vida misma. El verdadero error sería no haber contemplado que esa pérdida era posible. La pregunta correcta nunca es “¿perdí?”, sino “¿era razonable mi decisión con lo que sabía entonces?”.
El peligro de aprender la lección equivocada
Aquí está la parte más delicada, porque es donde un mal resultado puede hacernos un daño que dura años. Después de perder, el cerebro exige una explicación, y casi siempre nos da la más fácil, no la más cierta.
El psicólogo Baruch Fischhoff documentó lo que llamó el sesgo retrospectivo. Una vez que conocemos el resultado, nos convencemos de que era predecible, de que “se veía venir”. Esto envenena el aprendizaje, porque nos hace creer que el error estuvo en no anticipar lo inevitable, cuando muchas veces simplemente no era anticipable. Así, la gente sobrecorrige sus acciones cuando tienen un mal resultado y se vuelve excesivamente miedosa tras una pérdida de mala suerte, o abandona una estrategia sólida por un mal trimestre, etc.
El espejo de esto es igual de peligroso. Cuando ganamos por suerte tonta, aprendemos que nuestra imprudencia “funciona” y la repetimos hasta que la realidad cobra la cuenta. Por eso Philip Tetlock insiste en que las personas que fomentan la capacidad de tomar buenas decisiones, llevan registro de su razonamiento, no solo de sus resultados. Sin ese registro, cada desenlace nos cuenta el cuento que más nos conviene.
Una autopsia honesta de la decisión
¿Cómo se evalúa entonces una decisión con justicia? No por cómo terminó, sino reconstruyendo cómo se tomó. He escrito sobre la importancia de fijar una tesis antes de invertir; el mismo marco sirve, a la inversa, para hacerle la autopsia a una decisión ya tomada. Cinco preguntas son más que suficientes. 1) ¿cuál era mi tesis inicial?, 2) ¿qué información tenía disponible en ese momento —y no la que tengo hoy—?, 3) ¿qué riesgos conocía y acepté?, 4) ¿qué margen de error dejé?, y 5) ¿cuál era mi motivo de salida definido de antemano? Si respondes esas cinco preguntas con honestidad, casi siempre sabrás si fue una buena decisión que salió mal, o una mala decisión disfrazada de mala suerte. La diferencia es todo, porque solo de la segunda hay algo real que corregir.
Al final, todo se reduce a una sola pregunta, y es la prueba más limpia que conozco para juzgarte sin que el resultado te nuble el juicio. Con la información que tenías en ese momento —no con la que tienes ahora—, ¿volverías a tomar esa misma decisión? Si la respuesta es sí, decidiste bien, aunque hayas perdido, y no tienes nada que corregir salvo seguir. Si la respuesta es no, encontraste algo que mejorar, aunque hayas ganado.
Juzgarnos por el proceso y no por el marcador es de las cosas más difíciles de hacer, porque va contra cómo sentimos, atenta contra el pensamiento automático que reina en el mundo actual. Pero es, probablemente, lo que separa al que mejora su proceso de toma de decisión, con los años del que solo acumula cicatrices y conclusiones equivocadas.
Y tú, La última vez que algo te salió mal, ¿Te preguntaste si decidiste mal… o solo asumiste que sí porque perdiste?
Texto de Diego Alcalá, 2 de noviembre de 2026.
Fotografía ilustrativa: Wilfredor, Chess kit (2021), CC0 1.0.