La primera vez que entendí de verdad que no sabemos nada del futuro, no fue
leyendo a Taleb ni viendo un gráfico histórico. Fue escuchando la voz temblorosa
de un conocido en marzo de 2020. “Ya vendí todo. Esto apenas empieza”. Lo dijo
con convicción, casi con alivio. Sentía que había sido responsable. Había liquidado
su portafolio completo en el punto más bajo del mercado.
Tres meses después, mientras el S&P 500 arrancaba uno de los rallies más
violentos que hemos visto, lo escuche de nuevo. Esta vez no para actuar, sino para
confesarse. Arrepentido. Paralizado. Fuera del mercado. No porque fuera ignorante,
sino porque creyó que alguien —o algo— sí podía anticipar lo que venía.
Ahí entendí algo que hoy sostengo el problema no es no saber predecir el
siguiente gran evento, el problema es creer que alguien sí puede.
Tengo 24 años. No viví la crisis del 2008 como inversionista adulto, pero la he
estudiado. Viví el COVID un poco más de cerca. Hemos visto guerras, quiebras
bancarias, crisis inflacionarias y colapsos “inesperados” ocurrir en cámara rápida. Y
si algo me queda claro es que nadie predice los eventos que realmente
importan… hasta después de que pasan.
Haz el ejercicio con honestidad. Crisis financiera del 2008. Pandemia. Invasión de
Ucrania. Silicon Valley Bank. Inflación post-COVID. ¿Quién te dijo con precisión
cuándo, cómo y con qué magnitud iban a ocurrir? Nadie. Y si alguien “le atinó” a
uno, fue estadística, no clarividencia.
Nassim Taleb dice que “Los eventos que realmente mueven al mundo son aquellos
que nadie ve venir”. Y esa frase nos incomoda a los que buscamos control porque
desmonta toda una industria que vive de vender certeza empaquetada.
Los mercados no son una bola de cristal. Son sistemas complejos, adaptativos,
donde millones de personas reaccionan en tiempo real. Si algo fuera realmente
predecible, ya estaría reflejado en los precios. El mercado no espera a que tú lo
entiendas.
Durante mis primeros años como analista, yo también caí en la trampa. Indicadores,
escenarios, probabilidades, modelos. Todo parecía lógico… hasta que dejaba de
serlo. Con el tiempo entendí que la gestión de riesgos no se trata de anticipar
eventos específicos, sino de aceptar que hay cosas que no solo no sabemos, sino
que ni siquiera sabemos que existen.
Donald Rumsfeld lo llama “unknown unknowns”. En su momento se rieron de él.
Hoy, en mercados, es casi una ley natural. No es lo que sabes que puede pasar
lo que te destruye financieramente, es lo que ni siquiera estaba en tu radar.
Al analizar portafolios, encuentro algo curidoso en los patrimonios que sobreviven
décadas —y a veces generaciones— no son los que mejor explican el futuro, sino
los que mejor toleran la incertidumbre. Mantienen liquidez cuando parece
innecesaria. Diversifican cuando se siente aburrido. Evitan apalancarse incluso
cuando “todos lo hacen”. Desde fuera parecen exagerados. Casi paranoicos.
Pero esa paranoia es funcional.
Porque la preparación real siempre se ve absurda en tiempos normales. Antes del
2008, quien no se endeudaba para comprar inmuebles era un tonto. En la burbuja
puntocom, quien no compraba tecnología era un dinosaurio. En 2021, quien dudaba
de las criptos “solo no entendía el nuevo sistema”. Hasta que la música se detiene.
Un gestor con el que platique alguna vez me dijo algo que no siempre la gente
digiere bien… “En los mercados, sobrevivir es más importante que optimizar”.
No se trata de exprimir cada punto porcentual de retorno, sino de asegurarte de que
seguirás jugando cuando otros ya quedaron fuera.
Los mejores momentos para invertir suelen aparecer cuando hay miedo, caos y
headlines apocalípticos. Pero solo puedes aprovecharlos si tienes dos cosas, capital
disponible y fortaleza emocional. Y ambas se construyen antes, no durante la crisis.
Prepararte para lo que no puedes predecir implica aceptar tu ignorancia.
Implica diseñar portafolios que puedan vivir con inflación o con deflación, con
guerras o con euforias, con burbujas o con recesiones. Implica mantener
opcionalidad. Flexibilidad. Capacidad de moverte sin estar obligado.
Y aquí va una opinión impopular, apostar todo a un solo escenario es arrogancia
disfrazada de convicción. No es visión. Es soberbia.
Esta forma de invertir suena pesimista, pero a mi gusto es la que trae mejores
resultados en el largo plazo. El día que acepté que no puedo anticipar el
siguiente gran evento, dejé de perder energía intentando hacerlo. Me enfoqué
en lo controlable… diversificación, disciplina, riesgo, liquidez, comportamiento.
Porque al final, invertir no es un ejercicio de adivinación. Es un ejercicio de humildad.
La próxima crisis va a llegar. Siempre llega. No sabemos cuándo, ni cómo, ni desde
dónde. Puede ser sanitaria, geopolítica, tecnológica, climática… o algo que hoy ni
siquiera tiene nombre. La única certeza real es que no será exactamente como la
imaginas.
Y ahí está la pregunta incómoda que sí vale la pena hacerse como inversionista…
¿Tu portafolio está diseñado para sobrevivir a eventos que ni siquiera puedes
imaginar, o depende de que el futuro se comporte como tú esperas?
Diego Alcalá